EL DESCONCERTANTE CUMPLEAÑOS

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En la ciudad deportiva de Las Rozas se celebró el pasado martes un acto en conmemoración del ‘centenario’ de la Federación Española de Fútbol. Aunque el cien cumpleaños de esta institución será en 2013, lo que en verdad se conmemoró fue la creación su predecesora, la Federación Española de Clubs de Fútbol. En este acto se reunieron gran número de los seleccionados que siguen vivo y por esa razón muchos periódicos titularon, incorrectamente, que la ‘roja’ celebraba su primer siglo de vida. Pero lo cierto es que hasta el próximo 28 de agosto, el equipo nacional no soplará las 80 velas.

Zamora, Samitier, Sasúmaga, Otero, Arrate, Belauste, ‘Pichichi’, Acedo, Eguizábal, Patricio y Pagaza fueron los seleccionados para vestir la primera elástica nacional. El partido les enfrentaba a Dinamarca y estaba encuadrado en los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920. Aquel encuentro en el estadio de la Butte de Bruselas terminó con la victoria de España por 1 a 0 con gol de Patricio, delantero del Real Unión.

Muchos habrán recordado el “¡A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo!” de José María Belauste cuando han leído el campeonato citado. Aquel grito antes de anotar el gol de la victoria contra Suecia, le sirvió a la Selección para ganarse el sobrenombre de la ‘furia española’. No es la única anécdota acontecida en Bélgica, ya que estas tal vez no se puedan contar ni con los dedos de las manos.

“Sólo existen dos porteros: San Pedro en el cielo y Zamora en la tierra”, decía la gente después de la Olimpiada, pero muy pocos sabían la odisea que había tenido que sufrir el jovencísimo guardameta (19 años) desde que se había colgado al cuello un colgante regalo de Samitier. Primero, el ‘Divino’ tuvo que pagar el doble del importe del viaje, ya que perdió el billete. Al llegar a la estación de Amberes se cayó a las vías del tren y se lastimó el hombro. Ahí no acabó su desgracia, ya que la policía encontró varias cajas de tabaco entre su equipaje, por lo que pensaron que se trataba de un contrabandista y pasó la noche en el calabozo y después tuvo que pagar una multa de alrededor de 1.000 pesetas.

Agustín Sancho, mediocentro del Barcelona y también albañil, se dedicaba a pasear por las numerosas obras en sus horas libres. Observando una de ellas se dio cuenta de que no tenían ni idea de cómo colocar un ladrillo. Acudió con el seleccionador Francisco Bru y le pidió permiso para volver a la obra para enseñarles como debían hacerlo. Lógicamente la respuesta fue negativa.

En el partido ya mencionado contra los suecos, a tres minutos del final y cuando el marcador era de 2-1 a favor de los españoles, Arrate plantó las dos botas en el pecho de un contrario dentro del área. Aunque fue un penalti clarísimo, los jugadores españoles rodearon al árbitro y le empezaron a gritar e incluso zarandear, pero este no cambió de opinión. Los jugadores estaban fulminados físicamente y sabían que una prorroga podía ser letal en su contra, por eso Samitier trató de hacer todo lo posible para distraer al lanzador. ‘El mago’ se acercó al punto fatídico, cogió la pelota y fue con ella hasta el árbitro, este al no ver nada anormal (y es que no lo había) pidió al centrocampista barcelonés que colocase de nuevo la pelota en su lugar. Cuando el lanzador Olsson empezó a coger carrerilla, Samitier se le cruzó. El árbitro le amonestó y le amenazó con la expulsión. Aunque se alejó tres metros, no se dio por vencido y comenzó a lanzar bolas de barro y piedrecitas al balón. A pesar de las protestas de Olsson, el árbitro le pidió que lance el penalti y totalmente desconcentrado: la envió fuera.

Hasta el siguiente choque contra Italia había tres días de descanso, por lo que los jugadores decidieron salir de fiesta. A pesar de tener la rodilla inmovilizada, Pagaza también se apuntó y tuvieron que buscar una camilla para poderle llevar por los diferentes cabarets de la ciudad. Cuando habían cerrado todos los locales, los jugadores fingieron un cortejo fúnebre camino a sus alojamientos. Mientras Isidro, el utillero, llevaba un pendón fabricado con una tela negra, Belauste y un ayudante del entrenador llevaban a hombros la camilla en la que el santurtziarra iba cubierto con una manta, mientras el resto cantaba lentas canciones. La gente que se cruzaba con el grupo se santiguaba e incluso les daban su pésame por la ‘muerte’ de aquel atleta.

Ya no queda ninguno de los protagonistas de aquellas aventuras ‘belgas’, pero nunca está de más escuchar estas anécdotas para darnos cuenta de cómo han cambiado todo. Historias para recordar cómo era el fútbol cuando era sólo fútbol.

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